Llegamos a Bocas de Toro en lancha al amanecer del 22. Fuimos a parar al mejor hostal del lugar, recién inaugurado, contaba con: plasma gigante (con home theatre), metegol, barra, hamacas, sillones, cocina a estrenar y la mejor onda. Además tuvimos el privilegio de ser los primeros argentinos en hospedarse.
Llegamos a la frontera de Costa Rica en lancha y bus. Nos encontramos con un puente precario, angosto, donde tuvimos que esperar que pasen los camiones para después cruzar caminando. Sin problemas en migración, íbamos contentos a sacar boletos para Puerto Viejo y, al llegar al mostrador, nos dimos cuenta de que no teníamos colones (moneda de ahí) y el billete más chico era de 100 dólares. Faltaban 5 minutos para que se vaya el bus y el banco más cercano estaba en Panamá...No nos quedó otra que correr desesperados a buscar a dos alemanes que habían cruzado con nosotros. Mientras Juli paraba al chofer, Fede desde abajo les pedía que nos paguen los pasajes, con la promesa de devolverles el dinero al llegar. Por suerte aceptaron amablemente pero tuvimos que seguir hasta Puerto Limón (lugar horrible). Les pagamos la deuda y otra vez al cole para Pto. Viejo.
Llegamos a las 4 y pico y nos encontramos con un pueblito de playa en el caribe sur costarricense. El lugar estaba plagado de negros rastas, se hablaba inglés y todo. El reggae era toda una institución. Se respiraba "aire de Jamaica" en todos lados. Como Sabri nos había dicho que era muy caro, llevamos provisiones: arroz, fideos y galletitas para 3 días. Buscando camping nos hicieron una oferta imposible de rechazar: poner la carpa en el pasillo-balcón de un hotel por tan sólo 3 dólares cada uno (la habitación valía $10 c/u).
Pasamos 3 noches y recorrimos las playas, incluyendo la playa negra, que (como verán) tenía arena completamente negra carbón. Con este lindo recuerdo dejamos el país, haciendo escala en San José (la capital) para salir temprano a Nicaragua. El lunes al mediodía llegamos a Granada, un pueblo bien colonial, y nos hospedamos en un hostal "casa de apoyo mutuo" que nos recomendaron los artesanos de la plaza (a la noche nos dimos cuenta que vivían todos allí). Aprovechamos que el cambio era barato y, el primer día, nos dimos el lujo de almorzar y cenar afuera (cervezas, aros de cebolla, hamburguesas de pollo...) Lo único era que hacía un calor que se caían los pájaros y Juli, después de 2 horas de caminata al mercado y la lavandería, terminó acostada patas para arriba en el piso de la cocina con la presión a esa altura.
Ahora mismo seguimos para San Juan del Sur a conocer el Pacífico de América Central.
Reportaron para Uds. Juli y Fede
Los queremos...